OPINIÓN · Luis Miguel Fuentes

APERTURA DEL CURSO UNIVERSITARIO EN ANDALUCÍA

Universidad menopáusica

 

El azar estuvo gracioso cuando, en la apertura del curso académico universitario andaluz, nos trajo una lección inaugural sobre la menopausia. Las láminas que nos iba poniendo el Dr. Rafael Comino haciendo del cuerpo una frutería, nos dejaban el paralelismo de Chaves o del mundo universitario como una abuela o una glándula que ya no hace nada. La desgana de las hormonas femeninas se mezclaba con la presencia del presidente andaluz y las puñetas, y lo que nos quedaba en la imaginación era una Universidad menopáusica o un Chaves con el vientre seco. Es lo que tiene a veces la pompa de actos como éstos, que se atraviesa un momento de humor y a partir de ahí, en vez de una magnificencia de togados uno sólo ve a hombretones como monaguillos o seises demasiado talluditos, además de un macero con cara de vampiro.

Los discursos de ayer estuvieron llenos de alegorías de una Universidad futurizada y proal, como la vela laboriosa y empollona de toda la sociedad. Pero tanto moño, tanta venia y tanta jerarquía lo que consiguen es que la Universidad siga teniendo esa presencia entre oxoniense y quevedesca que no ayuda en nada a verla moderna, práctica y deshollinada. Todo lo más, la Universidad nos aparecía ayer como un club londinense de señores muy preocupados por cómo les queda el birrete. No es esto una crítica frívola, sino que le parece a uno que en esta estética queda reflejada toda la esencia de sus males. Esos señores precedidos de maceros y ordenados por colores, lo que nos hacen pensar es que los departamentos se llenan de besamanos más que de evaluaciones, de fervores y antigüedades más que capacidades, de noviciados más que de talentos. A lo mejor el día en que el rector salga vestido de particular, es que se han arreglado todos los problemas antiquísimos de la Universidad.

Uno recuerda la Universidad como un sitio donde se aprendía, básicamente, que cada cual tenía que aprender por su cuenta. Los profesores llenaban la pizarra de teoremas o leían unas transparencias minimalistas y luego en el examen salía siempre otra cosa que había que buscar fuera, agobiando a la señorita de la biblioteca. Más tarde, al llegar a la vida real, tampoco salía nada del examen ni de las transparencias, así que había que aprenderlo todo de nuevo porque la carrera sólo había servido para cansar a  los más vagos y para que se formaran remesas de tunos borrachos y desbragadores. Uno recuerda de la Universidad, de aquella Escuela Politécnica de Cádiz con laboratorios como lavaderos, que cuando los profesores más jovencitos se iban a examinar de la plaza, les tocaba en el tribunal el colega con el que se iban de copas todos los fines de semana, con lo que sólo había que continuar las cervezas. Uno recuerda a profesores que no enseñaban nada o que suspendían según un cupo. Todo esto, hace apenas 10 años. Nada que ver con las excelsitudes y beldades que cantaron ayer en Cádiz.

El rector magnífico de la Universidad de Cádiz pedía dinero, cosa que por supuesto siempre hace falta. Chaves aprovechaba para hablar de la Segunda Modernización, que es como el leitmotiv wagneriano que le sirve en Cornualles, Finlandia o La Caleta. Los dos dejaban caer sus críticas a la LOU. Pero uno sigue pensando que hace falta algo más que un manguerazo de dinero y unos angelotes cantado el Gaudeamus por videoconferencia. Tiene uno la impresión de que nuestra Universidad pública ha sido o es una entelequia que se justifica en desfiles y dignidades, en endogamia y en costura, y que luego sólo fabrica parados y opositores a Correos. Veremos si la LOU sirve o no como medicina para esta menopausia.

 

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