Los días persiguiéndose
Luis Miguel Fuentes

12 de junio de 2003

El Rocío

Los hombres pronto colocaron en el cielo con estrellas sus miedos, sus afanes, sus dioses en carros de fuego. La primera religión fue el vértigo del firmamento. Me pregunto si los rocieros, a los que veo regresar con una ceniza de fiesta y sudor en los ojos, se saben herederos de los cazadores que imaginaron gigantes atravesando la noche, moviendo las estaciones y preñando a las hembras. Antes que la Virgen del Rocío, fue Isis. Y antes que Jesucristo, fueron Horus o Mitra. La diosa madre femenina, el dios solar masculino. Fecundidad, muerte y renacimiento. La personalización y la poetización de los ciclos naturales, en ambos casos. El anhelo del hombre por buscar su asidero en el Cosmos, siempre. A partir de estos primeros sueños a la luz de las hogueras se inventaron el mito y la magia, se construyeron imperios y la mente humana fue secuestrada en un mundo de espíritus, dioses, demonios y almas danzantes. Regresan los rocieros, recordándonos todo esto. Cantan también a las hogueras y al cielo estrellado, el cielo en que se ve la leche derramada de Hera, que algunos llaman Vía Láctea.

Con El Rocío vuelve eso del sur purísimo enfrentado al sur inventado o mal retratado desde fuera. Siempre estamos aquí con que no nos comprenden o nos toman por palmeros. No dejamos por ello, sin embargo, de comportarnos como palmeros, con ese orgullo que tiene la contumacia. Los cronistas forasteros narran las mujeres descalzas y las orgías entre bueyes como matronas. Pero qué saben ellos, los urbanitas y los madrileños, dicen. Es la buena gente de aquí, que entiende de carros y botijos, la que sabe lo que es El Rocío, alma caliente del sur. El iniciado, el creyente, el andaluz de verdad.

Buscar la “identidad” es un ejercicio de autoafirmación que no tiene más referente real que el propio deseo de que exista una “identidad”. Hay quien anda muy preocupado, por ejemplo, con que el proyecto de Constitución europea no mencione expresamente al cristianismo, y sí a Grecia y a Roma. Pero el cristianismo no sería nada sin las tradiciones órficas o el estoicismo, y sobre todo sin Platón. Fue al fin y al cabo el triunfo de las tesis pitagóricas con su desprecio de la experimentación, frente a las de otros jónicos, lo que arruinó algo que podría haber sido un Renacimiento adelantado quince siglos, y en cambio hizo posible, después, la edad oscura del cristianismo. Pero esta clase de referencias, banderas, esencias, son sólo orgullos inventados. Para la idea de Europa o para El Rocío “identitario”. El Rocío no es el alma ni bien ni mal retratada de este sur nuestro. Ese primitivismo que mezcla el cereal y la vida, las diosas y el vino, la danza y el lento crujir de los planetas, los solsticios y los ayuntamientos, no viene de la latitud, sino de un salto hacia atrás en el tiempo, hacia el origen de todo, hacia la equivocación primigenia de unos fabricantes de lanzas. El Rocío queda raro y babilónico desde fuera y desde aquí mismo, y no porque los norteños tuerzan la bella realidad del sur. Más bien es que vemos cómo se puede retroceder milenios simplemente cruzando un río. Eso es lo grave, y no que lo saquen en la tele rosa como una zambra de borrachos y queridas.

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