Los días persiguiéndose
Luis Miguel Fuentes

13 de noviembre de 2003

Pimentel

Me critica un amigo la caña que, según él, le he dado a veces a Pimentel, siendo, me dice, la única opción de renovación o ventolera en la política andaluza o en la política en general. Me señala que, tanto como critico los vicios, faraonismos y mercaderías del sistema, no entiende que venga yo a ensañarme y a glosar de ironías esta figura que a mi amigo le parece la de un espadachín que llega como Lohengrin, traído por cisnes como violines, a dar discursos blancos y a salvarnos intrépidamente con arias. No es que quiera yo destrozar este mito de Pimentel como dios solar que pasó por sus infiernos ministeriales y resucitó a la política con elegancia cristológica, pero tiene uno sus dudas y desconfianzas que no se van sólo con verle la pinta de doncel y el discurso perfumado. Tengo a Pimentel en una especie de cuarentena porque todavía me parece que ha dicho poco o lo ha dicho sólo cantando, y sobre todo porque hay que esperar a ver qué compañeros se busca para la aventura y si de verdad va a ir a cazar a las serpientes allí donde terminan los océanos. No hay pues inquina, que incluso Pimentel se me aparece sincero como los desnudos, sino una elemental precaución. De salvadores y meteoritos en la política hemos conocido demasiados que han terminado en ese oficio corralero de ser bisagra o brea entre los partidos más marmóreos. De conversos y saltimbanquis tenemos las pocetillas y las consejerías llenas. Dijo una vez Gabriel Albiac algo así como que si los políticos fueran honrados no estarían en política sino ejerciendo una profesión decente. Claro que el refinado nihilismo de mi admirado Albiac, en el que tantas veces tiene uno la tentación de abandonarse, cierra su círculo al concluir que ningún político podrá cambiar la política. ¿Quién, si no? Ahí sí le doy la razón a mi amigo cuando me argumenta que alguna vez habrá que dar una oportunidad por si, de casualidad, nos llega alguien íntegro a la cumbre y empieza a dinamitar el sistema hasta quedarse sin nada bajo los pies. Pero Pimentel aún no viste esos galones.

Pimentel ha ido apuntando en sus discursos muchas de las goteras y ladronías de la política de aquí y de más lejos, pero eso es sólo poner cataplasmas. Le falta todavía algo o quizá le sobran otras cosas. Pimentel ha estado en lo más alto y ya se sabe que nadie reina inocentemente. Lo primero que tendría que hacer Pimentel para ganarse la devoción de los descreídos radicales como yo sería salir un día a declarar la obviedad de que el sustento del poder político es la corrupción. Y a partir de ahí, y no antes, escucharle hablar, un poner, de reforma de las leyes electorales, listas abiertas, control de la financiación de los partidos, vuelta a la independencia de los poderes del Estado y penas ejemplares contra el tráfico de influencias y de información privilegiada. Sí, esto es justamente empezar de arriba abajo, saltándose las pequeñeces autonómicas y explosionando todo, pero es lo que corresponde a quien se pretende que sea una supernova de la política. Solamente meterse con Chaves es demasiado fácil y no sirve. Cuando Pimentel haga esto y además se vea que no está haciendo cabañuelas con rebotados, resentidos, merdellones o pachecos varios, entonces yo reconoceré que es de verdad una alternativa. Que esto es mucho o demasiado, es cierto. Pero no hay sitio para opciones tibias con la que está cayendo. Claro que esto nunca sucederá, porque Pimentel no querrá o no le dejarán. Entonces, podré decirle a mi amigo que yo tenía razón y que hay otro falso salvador más para el álbum de estampitas.

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