ZOOM · Luis Miguel Fuentes


Sin medios

 

Fui a ver el centro de menores Los Alcores, por entre eucaliptos y yeguadas, por caminos hundidos de charcos y rodadas de camiones como de un ganado muy grueso. El centro linda con fincas, chumberas, chalés ajardinados, casonas con palmeras y criaderos de perros. Tiene un muro blanco, alto, acanallado de grafitis y rematado por un alambrado como de pista de tenis. Unos focos algo lánguidos en las esquinas apuntan hacia dentro con benevolencia, como si no esperaran iluminar más que a esos tenistas imaginados que luego resulta que no son tales, sino chicos malos que están deseando escaparse. No hay más fiereza en el perímetro del centro, en la verja azul de la entrada, que la que pudiera haber en cualquier colegio. Desde fuera, el centro Los Alcores sólo deja ver una benignidad de instituto o de piscina municipal.

Los Alcores, su interior como un cortijo. Hay una marquesina con arcos, retoños de árboles, una fuente sin agua en la pared, un estanque pequeño, redondo y vacío, pintado de azul, en el suelo. En el patio de la entrada, una manguera para regar, la caseta vieja de un pastor alemán atado y sobón, unas porterías de futbito tumbadas sobre el muro, negándole cualquier maldad, y todo en una paz de rancho y parque, de parvulario y labrantío, como si el centro sólo guardara manzanas, aperos y balancines. Tras unas puertas acristaladas, recuerdo que pasaba de vez en cuando una muchacha, funcionaria o educadora, con esa ternura de solidaridad y biblioteca de las jóvenes pedagogas o psicólogas, y un vigilante de seguridad como un conserje pequeñamente atigrado por las gafas de sol.

Lo decía en aquel reportaje: el centro Los Alcores parece una guardería. Ahora, un informe de la secretaría técnica del Ministerio del Interior nos aclara que los vigilantes privados no pueden custodiar a los menores, sólo el edificio. Tenemos con esto que en Los Alcores, donde se sumaban la blandura de la ley y el olvido de la seguridad, además se había tomado otro atajo o simplificación, haciéndolo todavía más equivocado. Los vigilantes están bien para las discotecas y los aparcamientos, pero al recluso menor, al joven que viene maleado del barrio con todas sus travesuras hechas ya a navaja, hay que ponerle a un funcionario acorde, pero éste no existe porque alguien se saltó ese párrafo.

Estamos sufriendo últimamente unas leyes que se pierden en sus alturas incorpóreas y compasivas y luego se olvidan de lo concreto, del ladrillo y de la cerradura, del furriel y del gendarme. Así, los chicos malos de esta ley de menores se escapan para ir de botellón y los chicos pasotas de la Logse se vuelven más cabroncetes a cada curso, que ya no tienen miedo ni a suspender ni a darle una hostia al profe, porque no pasa nada y sólo los llevan a un gabinete para hacerles una adaptación curricular que es ponerlos a jugar a las chapas. Estas dos leyes las ve uno muy de la mano, hijas de una progresía ingenua que en un caso toma a los menores por angelitos y en el otro por imbéciles. Ya el mismo concepto de “menor de edad”, tan instantáneo, le parece a uno una generalización boba. Ley del Menor, Logse, leyes apresuradas, espiritosas, que sin medios, sin dinero, sin personal, se quedan solamente en una disposición caritativa de almas y en un parchís para tecnócratas.

El centro Los Alcores tenía a un vigilante con una porra de juguete que nada pudo hacer cuando le pusieron delante la recortada. Pero la ley, pensando en reeducaciones, no cae en estas cosas, y cuando cae no hay presupuesto, pues ya se gastó todo en alfarería. Leyes sin medios, leyes con todos los muros por hacer y todos los funcionarios por convocar. Mientras la Junta resuelve esto, a lo mejor pone a las limpiadoras a vigilar a los menores reclusos. Viene a ser lo mismo amenazarles con una porra única que con la fregona.

 

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