Luis Miguel Fuentes

12/05/02

REPORTAJE

MOVIDA / NUEVO HORARIO DE CIERRE DE LOS LOCALES NOCTURNOS

La noche rota

Empresarios y jóvenes de Cádiz rechazan los nuevos horarios de cierre de bares de copas y discotecas impuesto por la Junta de Andalucía


LUIS MIGUEL FUENTES

CÁDIZ.- Irse a la calle, dejar en la hostería de la casa a las madres, a los niños, a los gatos o a las cacerolas, la calle que es esa cosa parisina, siempre inaugurada, donde la vida se oficia y se sincroniza. Hay idiomas en los que la expresión “irse a la calle” no tiene significado. Pero aquí está el convento de la casa, el instituto o el trabajo, y luego la calle, toda ella, como un afuera y un después. La calle de día, al sol de las cervezas, y la calle de noche, con la luna negra de un cubata, para los marchosos y los enamorados, para los malditos y los examinados, para los hombres con mandíbula de lobo y las mujeres con lencería de gacela.

Cercenar la noche administrativamente, como si un secretario apuñalara a un dios tumbado y feliz, es lo que ha parecido por Cádiz la nueva orden de la Junta sobre los horarios de cierre de los establecimientos hosteleros. Esta normativa, a los empresarios les divide la caja y a los clientes los cristianiza de repente, reconvirtiendo sus horarios y sus ganas, escarmentándolos de una decencia muy cronometrada. A las 4, que es cuando empieza la noche según el pulso de los gaditanos, deben cerrar los pubs. A las 2 lo hacen las terrazas y a las 6 las discotecas, llenando progresivamente las calles de huérfanos y extraviados. Una medida ésta que en el resto de Andalucía no ha producido mucho ruido pero en Cádiz, la semana pasada, dio broncas con la policía, vidrio volando sobre las cabezas y cuatro detenidos durante un botellón de protesta en la Plaza de San Juan de Dios, frente al Ayuntamiento.

Pero el viernes, la noche en Cádiz está tranquila y fría. Muchos gaditas han renegado de sus creencias y se han marchado a la feria de Jerez, y eso se nota un poco en las primeras zonas de movida, el Paseo Marítimo, la calle Muñoz Arenillas, o el centro, entre la Plaza Mina y la Plaza de España. Pasadas las 12, por la calle Manuel Rancés, los bares están semivacíos, con camareros desocupados admirados ante las hileras de vasos y alguna chica que levanta el culo sobre un taburete y es como un farol único y hermoso. Es demasiado temprano en Cádiz y las camionetas de reparto de hielo son heraldos perezosos o ambulancias del desencanto.

En la Plaza Mina, zona habitual de botellón, hay una juventud escasa, desperezante y como desertada. Apenas tres o cuatro grupos haciendo un amago de botellón pequeño, silencioso y aburrido, mirado al suelo desde los bancos, rozándose las zapatillas de deportes galácticas que gastan, bebiendo a morro, abrazando a la chica enamorada o aterida. En una esquina, un furgón de la policía y siete agentes. Hay casi más policía que juventud. Por el suelo, alguien ha esparcido de coraje los apuntes de alguna asignatura como venganza o liberación. “Aquí hay menos gente que en un partido de la sub 21”, dice un chaval. Los chavales primero se beben el “biberón” en la calle y luego se van a los pubs a “estar de pie escuchando música”, porque “los cubatas están a 4 euros”. “Pero ahora, cuando cierren a las 4, ¿qué vamos a hacer? Nos iremos a la Caleta a cantar carnaval, o a casa a jugar a las cartas...”, dice, entre guasón y desencantado.

El centro de Cádiz, los pubs uno enfrente del otro, con los porteros mirándose como gárgolas serias y negras. Cádiz con su densidad apabullante de bares por metro cuadrado, la mayor de España, del mundo, del universo, dicen. Pero a la 1 de la mañana, siguen escasos de público, con el mismo camarero aburrido hablando con el mismo y único cliente como un cuñado. En la Plaza de San Francisco, una terraza con familias alrededor de una fanta. En la calle Manuel Rancés, sólo en algunos locales se ve algo más de ambiente. En un pub ocre, grupos y risas, copas y dioramas azulados sobre niñas rubias con botas negras. En un bar canalla, negro y sucio, su clientela muy leal, heavy, contestataria y cervecera. Una “barraca” muestra jamones colgados y un cartel amarillo con el precio de los lotes para botellón. Sigue siendo demasiado temprano. La gente todavía “no ha salido”.

“La gente suele llegar a partir de la una, o la una y media”, explica uno de los dueños del pub Jopo del Topo, pequeño y levemente subterráneo, con cuatro o cinco clientes solamente. El Jopo del Topo lleva funcionando desde el año 82. “Aquí nos ha dado cerrando las 6 de la mañana, y eso echando a la gente...”. Ahora, con los nuevos horarios, todo ha cambiado: “El sábado pasado, cerrando a las 4, vendimos la mitad de lo normal. Y la gente seguía en la calle, con ganas de marcha...”. Los dueños cuentan que esto les ha obligado a prescindir de personal: “Tuvimos que echar a una chica que teníamos aquí”. Para estos empresarios, la nueva orden lo que va a hacer es “derivar a la gente a la calle, porque la gente no se va a su casa”. Insisten también en el panorama absurdo que sería un verano con los chiringuitos de la playa cerrando a las 2 o las 3: “Se va a cepillar el turismo, porque el que venga de fuera y se encuentre con que a las 4 se le pone la última copa...”. “Pagamos impuestos, damos puestos de trabajo y después somos los primeros perjudicados”, se quejan.

Pero igual que hay viejos negocios enflaquecidos por la orden de la Junta, hay nuevas inversiones con todas sus previsiones destrozadas, como las del pub Umec, que abrieron en diciembre pasado unos jóvenes canarios. En el pub, rojizo y pulcro, con poca gente todavía a las 2 de la mañana, uno de sus dueños, Adán, enseña los dosieres muy ordenados de su proyecto, sus planes operativos, sus análisis de entorno, sus certificados de insonorización: “Hemos invertido 30 millones de pesetas, hemos creado puestos de trabajo, todos dados de alta. Optamos por Cádiz porque tenía perspectivas de futuro, pero todas las previsiones que teníamos nos la han destrozado”. “Hasta las 4 de la mañana –explica Adán— se hace sólo un 20 ó 25% de la caja. De 4 a 6 es el grueso de la recaudación, porque es a partir de las 3:30 cuando la gente empieza a consumir”. Y es cierto, es a partir de esa hora que se llena la pista de baile de pandillas y niñas locas por Chayanne, de novietes y ligoteos, y fluyen los cubatas y los chupitos pues la gente está ya a gusto y rozadora.

Rocío y María del Mar, dos clientes del Umec, piensan que la normativa de horarios “va a echar a la gente a la calle, y va a haber más niñatos, problemas y navajas”. “Es difícil que la gente se adapte –opinan--, la gente no se va a ir a su casa, y aquí no hay sitios donde ir después como en otras ciudades, sólo hay 5 ó 6 discotecas”. También creen que servirá para que aumente el número de “boquetes”, que es como se les llama en Cádiz a los bares ilegales que funcionan a puerta cerrada.

A las 4 de la mañana, empiezan a cerrar los pubs. Esta vez, no ha habido ningún tipo de incidentes. En la calle, los amigotes se apoyan en los coches y discuten qué hacer. “Es una putada”, comentan. Los hosteleros, mientras, han decretado una “tregua” en las movilizaciones, a la espera de una reunión el lunes que lleve a una postura más flexible a la Junta. La declaración de Cádiz como ‘zona de máxima afluencia turística’, que permitiría ampliar los horarios, es una de las salidas que se han considerado en las últimas horas. Pero de momento, aquella condecoración bohemia que daba el sol cegando los ojos al salir de un garito de copas, ya no es posible.


Cerrar cuando llegan los clientes

La Punta de San Felipe, con olor a alga y vista a los contenedores del puerto, era hasta ahora la zona de última hora de la movida. Cuando cerraban los bares del centro, la gente, sobre todo la más joven, partía en éxodo contra el ventazo, hacia sus pubs y discotecas, a terminar la noche. Pero a las 3 de la mañana, caminando frente a los locales, la música suena como saliendo de una lata, fuerte y hueca, pues están todos casi vacíos. Sólo alguna niña que se quiere ligar a un portero y algún pureta que baila la música moderna como si fuera un pasodoble. El encargado del pub Capitolio, del que es dueño el hostelero que fue detenido la semana pasada en los actos de protesta que terminaron en enfrentamientos con la policía, mira con tristeza entre sus bigotes el desierto de su local. “Aquí viene la gente a partir de las 4, que es cuando tengo que cerrar. Antes, esto estaba a reventar hasta las 7 o las 8. Si esto sigue así, habrá que cerrar toda la Punta”. La Punta de San Felipe, como un faro de la movida, está lejos de cualquier vivienda. El escándalo y la música no pueden molestar a nadie. Sin embargo, los pubs de la zona deben dar la última copa a las 4, con veinte o treinta minutos más para ir echando al personal. Sólo las discotecas como Anfiteatro, que tiene aspecto de siderurgia, pueden estar abiertas hasta las 6. Cerrar cuando llegan los clientes es algo que ningún negocio puede soportar.


 

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